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De Vino et Litteris - Javier García Gibert

DE VINO ET LITTERIS

 

 

Suele suceder –y es justo y comprensible que así sea- que, en el curso de su efímera y complicada existencia, los mortales se complazcan en tributar un homenaje a los bienes más amables de este mundo. No hay virtud más noble que la gratitud. Con los medios a su alcance –y el más memorable: la Literatura- los hombres queremos dejar constancia no sólo de las penurias y dificultades de nuestro trayecto sino de las pequeñas y grandes cosas que nos lo alegran. Y ¿quién negará que el vino haya sido y sea de las más gozosas? Todas las épocas y culturas han constatado esa maravilla en la tradición escrita. Divinizado en Baco y santificado en Cristo, podríamos pensar que el homenaje al vino es patrimonio exclusivo de la cultura occidental. Eso es verosímil, pero no es exacto.

 

Bastaría tal vez con recordar la constante presencia del vino en los hermosos poemas del autor más grande de la edad dorada en la poesía china, ese Li Po genial y atrabiliario cuyo placer más grato era, cada noche, beberse “la luna en mi copa de vino”. El placer del mosto era conciliable con su taoísmo... Y es que la sabiduría no ha de renunciar a los humildes placeres de la existencia. Lo constataría tres siglos más tarde (S. XI) la obra universal de otro poeta, nacido en un marco tan vinofóbico como el de la cultura musulmana: el persa Omar Khayyam, cuyas fulgurantes Rubaiyat son, al mismo tiempo, el más apasionado homenaje al vino que se haya escrito y una cumbre de la poesía de todos los tiempos. En ellas Khayyam afirma beber “como bebe el sauce en sus raíces el agua pura del arroyo” y augura que “tal aroma de vino emanará de mi tumba que los transeúntes se embriagarán”. No hay que tomar estas expresiones como las declaraciones de un alcohólico enajenado, sino como consignas de un hedonista, no exento de amargura y desengaño, a la vez místico y rebelde a los dogmas, que hacía del goce inmediato todo un principio filosófico: “cuando una esbelta doncella me brinda un cáliz de vino / yo no pienso para nada en mi salud. / Si me preocupara tal cosa, / valdría menos que un perro”. Khayyam es capaz de anudar, no sin cinismo, su pasión por el vino con el fatalismo islámico: “Sólo Dios es Dios y Dios todo lo sabe. / Cuando me creó, sabía que bebería vino. / Si me privara de beber la ciencia de Dios fracasaría”. En el contexto musulmán, donde a los fieles se les prohibe el contacto con las bebidas embriagantes, hay que entender la actitud de Khayyam como una militante rebeldía contra las dogmáticas imposiciones coránicas sobre la vida.

 

Pero lo cierto es que ningún dogma había prohibido el vino en Occidente. Todo lo contrario. El vino era un aliado natural de la Filosofía y del Espíritu. In vino veritas , decían los antiguos. En esos dos momentos estelares de la humanidad que son el Banquete platónico y la Última Cena , el vino fue presencia insoslayable y a su calor se pronunciaron las verdades más sublimes. Dentro de la tradición judeo-cristiana ( Génesis 9, 20 y ss.) el vino adquiere un rango mítico, al atribuirse a Noé, simultáneamente, la invención benéfica de la viña y la experiencia peligrosa de su mosto (que se manifestará igualmente en otros pasajes de la Biblia: recuérdese sólo el tremendo episodio de Lot y sus hijas). Pero, a despecho de los excesos y las imprudencias que pueda provocar, la viña y su zumo son realidades benditas en la tradición veterotestamentaria, que concibe al vino como dulce lisonja: “alegría de Dios” –así se nos dice- para “regocijar el corazón del hombre” ( Jueces 9, 13; Salmos 104, 15). Todavía más: el vino y la vid llegan a alcanzar en la literatura bíblica carácter simbólico: si el vino sirve como figura poética del apasionado amor entre los esposos en el Cantar de los Cantares (“tu boca es vino generoso...”, 7,10), el éxito o el fracaso de la vendimia es el síntoma inequívoco de la prosperidad o la desgracia del pueblo judío, y éste a menudo queda representado por la imagen de una viña cuidada por Yahvé ( Isaías 5, 1 y ss.; Ezequiel 19, 10 y ss., etc.). El Nuevo Testamento seguirá esta tradición (“Yo soy la vid verdadera y mi padre es el viñador”, dice el propio Cristo, Juan 15,1) y le dará nuevos impulsos bajo la especie de parábolas y metáforas, hasta el punto de representarse el nuevo mensaje espiritual de Cristo con el símbolo del vino ( Mateo 9, 17; Marcos 2, 22; Lucas 5, 37-39). Llevando este símbolo a su vida ordinaria, Jesús se complace asimismo en beberlo, aunque sabe que por ello será censurado y mal entendido ( Mateo 11, 19; Lucas 7, 33). ¿Y quién ignora, por otra parte, que Jesús comienza su vida pública con el prodigio de convertir el agua en “el mejor vino”, para gozo y asombro de los invitados a las bodas de Caná, y que la culmina entre sus discípulos con la entrega simbólica de su sangre a partir del “fruto de la vid”?

 

En el marco de la cultura clásica greco-latina también el vino llegó a contemplarse en exaltación religiosa, patente y manifiesta en las festividades dionisíacas, donde los celebrantes se entregaban a transportes extáticos y coronaban sus sienes de pámpanos, racimos de uva y hojas de parra. Pero, al margen de estas exaltaciones, los poetas lo celebraban ordinariamente, con delectación y naturalidad. Uno advierte en la obra de Homero que los frecuentes elogios al vino –a su color, a su sabor, a sus aromas- van más allá de la pura retórica, y el zumo de la vid llega a convertirse en un símbolo social insustituible de la amistad, de la hospitalidad, de las alianzas y las reconciliaciones de los personajes. ¿Y qué decir de la pasión con que fue cantado por los líricos griegos: Arquíloco, Teognis, Safo y, sobre todo, Alceo y Anacreonte? Esa emoción se vio renovada entre los latinos (Propercio, Ovidio, Persio, Catulo, etc.) y, por supuesto, en los dos más grandes: Virgilio -que en el libro II de las Geórgicas (v, 87 y ss.) se muestra todo un connaisseur de las viñas europeas y de los diversos vinos que proceden de ellas- y, singularmente, Horacio, al que se le puede considerar, sin lugar a dudas, como el vate del vino por excelencia en la poesía latina. “Ahora es tiempo de beber” ( Nunc est bibendum ), dice al comenzar una de sus Odas (I, 37), y a lo largo de las mismas no se recata en cantarle a Baco como fuente mayor de su inspiración (III, 25) o en dedicar a la “jarra de vino” un hermoso poema (III, 21), en el que recuerda, por cierto, que hasta el severo Catón se animaba a veces gracias a ella. Catador avezado de vinos añejos y experto en sabores y procedencias, el vino resulta presencia obligada en la exaltación al goce de sus carpe diem y Horacio a menudo utiliza sus Odas para invitar a sus amigos –los ilustres Virgilio, Mesala, Mecenas...- y prometerles los mejores caldos de su bodega.

 

Con tan memorables antecedentes –judeocristianos y grecolatinos- no es extraño que la presencia del vino inunde las literaturas occidentales, deudoras de esa doble tradición. Sería interminable hacer una nómina, siquiera aproximada, de esa presencia, pero no es imposible un sumario repaso –meramente indicativo- a partir de los hitos más importantes de la literatura clásica española, que recoge con gracia y verdad singulares una arraigada cultura del vino de hondo y marcado sabor popular. Con todo su saber de “clerecía”, Gonzalo de Berceo, el primer poeta de nombre conocido en nuestra lengua vernácula –ese jugoso “roman paladino en el qual suele el pueblo fablar a su vecino”- ya se ponía en dicha tesitura cuando, imitando a los juglares de la época, pedía en la segunda estrofa de su Vida de Santo Domingo “un vaso de bon vino” como pago de sus versos. ¿Y cómo ignorar la presencia del vino en la obra del otro gran poeta de la misma escuela: el carnal Juan Ruiz, Arcipreste de Hita? Mediante fábulas (como la del ingenuo ermitaño tentado con vino por el diablo), refranes (“pan e vino juega, que non camisa nueva”) y expresiones populares, (“el vino, de todos alguacil”, porque a todos tiene presos), Juan Ruiz reproduce de varios modos, -y frente a los consabidos excesos de la Europa del norte- la verdadera postura española respecto al vino: el amor a su disfrute cotidiano y la condena de sus demasías. Esa postura podría resumirse en uno de los consejos de Don Amor para conseguir y conservar a las mujeres: “Es el vino muy bueno en su mesma natura / muchas bondades tiene si's toma con mesura ; / al que demás lo bebe, sácalo de cordura: / toda maldad del mundo faze e toda locura” (estr. 548).

 

El impresionante elogio del vino que al final del siglo siguiente pone el autor de La Celestina en la boca de su alcahueta (Acto IX) no es una muestra precisamente de moderación, pero sí un retrato del vitalismo y la capacidad retórica del personaje y todo un epítome de los panegíricos, tanto cultos como populares, sobre el particular. He aquí un fragmento: “esto me calienta la sangre; esto me sostiene continuo en un ser; esto me hace andar siempre alegre; esto me para fresca; de esto vea yo sobrado en casa, que nunca temeré el mal año (...); esto quita la tristeza del corazón, más que el oro ni el coral; esto da esfuerzo al mozo y al viejo fuerza, pone color al descolorido, coraje al cobarde, al flojo diligencia, conforta los celebros, saca el frío del estómago, quita el hedor del anélito, hace potables los fríos, hace sufrir los afanes de las labranzas; a los cansados segadores hace sudar toda agua mala, sana el romadizo y las muelas, sostiene sin heder en la mar, lo cual no hace el agua. Más propiedades te diría de ello, que todos tenéis cabellos. Así que no sé quien no se goce en mentarlo”. Aunque el vino no merma en absoluto sus agudísimas facultades mentales, Celestina practica quizás en exceso la dulce costumbre de “mojar la boca” (como dice con feliz y gracioso eufemismo), por más que declara con moderación irónica ajustar su deseo a “lo poco que bebo: una sola docena de veces a cada comida”. Con más juicio le replica Pármeno, su ahijado, que “tres veces dicen que es bueno y honesto todos los que escribieron”. Pármeno sabe de qué está hablando, pues existía una vieja tradición escrita que cifraba la medida razonable en escanciar por tres veces la copa en cada ordinaria colación. Claro que esta regla tenía sus mati ces y el propio Horacio triplicaba ese número en los convites: había que servirse –decía- una vez por cada una de las nueve Musas ( Odas III, 19).

 

El vino comparece, como no podía ser menos, en la refinada literatura del Renacimiento español en contextos no estrictamente profanos o populares. Así aparece “el adobado vino” de San Juan de la Cruz para representar la seducción de Cristo en el alma mística -de acuerdo con la tradición bíblica del Cantar de los Cantares - o ese “vino antiguo” que “nunca faltaría” en el sueño de vida plácida y retirada que -siguiendo el modelo del beatus ille horaciano- imagina Hurtado de Mendoza en la Epístola poética a su amigo Boscán. Sin embargo, y como decíamos, la literatura del vino es más característica en las obras que relejan un ambiente popular. Un ejemplo señalado es el Lazarillo . En pocas obras se refleja como en ésta el modesto pero insuperable placer mundano que el vino supone para los humildes de la tierra. Ya en el capítulo primero nos cuenta el pícaro los “besos callados” que solía estampar en el jarro de vino sin que lo advirtiera el ciego de su amo, hasta que lo descubre, y la estratégica batalla que, a partir de entonces, Lázaro emprende para seguir disfrutando del dulce regalo. La escena final de la contienda es de sobra conocida: ajeno a todo y a todos, el muchacho se encuentra en la gloria sorbiendo el vino con una pajita, “un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor”, pero el ciego, cruel, advierte la treta y le estampa el jarro en toda la cara. Nos alegra, con todo, que el desgraciado pícaro no se vea privado al cabo de los años de dicho placer, pues termina siendo el pregonero oficial de los vinos de un Arcipreste.

 

“Yo, como estaba hecho al vino, moría por él”, nos dice Lázaro en un momento de la obra; pero tampoco aquí, como en Celestina, el amor del buen pícaro al vino anula o debilita su agudeza mental y su extraordinaria capacidad de supervivencia. Resulta, por cierto, significativo que ninguno de los pícaros literarios españoles, con todas sus lacras y debilidades, se nos presente como un alcohólico, como un ser vencido y embrutecido por el vino. Tampoco lo está, desde luego, Sancho Panza, y no hay nadie que conozca y disfrute del vino como él. En uno de esos memorables pasajes de confraternización humana por concurso del cuero y de la bota que menudean en el Quijote (cap. II, 13), Sancho le confiesa a un camarada “un instinto tan grande y tan natural en esto de conocer vinos, que, en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor y la dura” (es decir, su antigüedad). Poco antes de esta declaración, Cervantes se complace en describir a Sancho dando un largo y fastuoso trago a la bota de vino que le pasa el colega: “... se la puso en las manos a Sancho; el cual, empinándola, puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y en acabando de beber, dejó caer la cabeza a un lado, y dando un gran suspiro, dijo: ‘¡Oh hideputa bellaco, y cómo es católico!'”. ¿Es posible una descripción más gráfica –y más castiza- del natural y puro placer de beber? Y no es la única vez que recrea esa imagen el genio cervantino. En la emocionante y humanísima escena del encuentro entre Sancho y su antiguo vecino, el morisco Ricote, que vuelve a su tierra clandestinamente en compañía de unos alemanes, todos se tienden en el campo con el bendito socorro del queso, el jamón y las aceitunas que trae Ricote en las alforjas, en las que también se oculta un precioso vino, al que no se tarda en rendir honores: “levantaron los brazos y las botas en el aire; puestas las bocas en su boca, clavados los ojos en el cielo, no parecía sino que ponían en él la puntería; y desta manera, meneando las cabezas a un lado y a otro, señales que acreditaban el gusto que recibían, se estuvieron un buen espacio, trasegando en sus estómagos las entrañas de las vasijas” (II, 54). No tarda el benéfico caldo en hacer sus efectos: “De cuando en cuando juntaba alguno su mano derecha con la de Sancho : ‘ Español y tudesqui, tuto uno: bon compaño '. Y Sancho respondía: ‘ Bon compaño, jura Di '. Y disparaba con una risa que le duraba una hora, sin acordarse entonces de nada de lo que había sucedido en su gobierno” (en referencia a las penalidades recientes que le han sucedido). Toda la higiénica mentalidad cervantina está presente en este sano, sanísimo pasaje de hermandad y regocijo.

 

¿Pero acaso el ascético y noble Don Quijote no disfruta del vino? Cervantes no quiere que imaginemos esa eventualidad. La moderación que le aconseja a Sancho en las impagables advertencias con que lo alecciona antes de que vaya a gobernar la “ínsula” (“Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra”, II,43) son las propias de un amo responsable hacia un criado cuyas flaquezas conoce muy bien, además de encarnar la habitual (e hispánica) templanza que imponía la tradición en este tema. Pero sólo al calor de una pesadilla, fruto de su delirio caballeresco, puede el hidalgo oponerse al vino, tomando los cueros que lo contienen como espectros de gigantes y malandrines (I, 35). En su vigilia ordinaria, en su juicio cabal, Don Quijote, por el contrario, se muestra abierto y muy sensible a sus bondades, siempre manteniendo, como es natural, la prudencia y el decoro necesarios. Bastará con recordar una sola escena de la Primera Parte : la del encuentro de Don Quijote y Sancho con un pequeño grupo de cabreros que les invitan a compartir con ellos la noche campestre y las rústicas viandas. Y por supuesto el inexcusable vino: “No estaba en esto ocioso el cuerno, porque andaba a la redonda tan a menudo –ya lleno, ya vacío, como arcaduz de noria- que con facilidad vació un zaque (= vasija de cuero) de dos que estaban de manifiesto” (I, 11). El hidalgo contribuye activamente a este vaciado y, acto seguido, después que “hubo bien satisfecho su estómago”, y ante el mudo asombro de los circunstantes, se desmarca con un sensible y exaltado discurso –uno de los más célebres de la obra- sobre la figuración tópica de la Edad de Oro y la necesidad que tiene el mundo de un caballero como él para restaurarla. No diremos que ese discurso, pronunciado ante un público impropio y analfabeto, es una pieza oratoria de carácter etílico –su belleza y perfección literaria lo hacen impensable-, pero sí un producto en el que ha influido, de modo inefable y afortunado, la ingesta y vapores del vino. ¿Acaso no leemos en El Criticón que el genio inigualable de Quevedo -que tan comprensible saña manifestaba contra los taberneros impíos que aguaban el vino- escribía “versos superiores” cuando lo bebía?

 

Terminaremos precisamente nuestro recorrido en esta última obra maestra de la literatura clásica española: El Criticón de Baltasar Gracián. De esta genial novela alegórica, de acusado carácter satírico y moral, no puede esperarse un tratamiento del vino tan familiar y realista como los precedentes. El designio de la obra es condenar los vicios y uno de ellos, por supuesto, es el abuso del alcohol. A tal efecto destina Gracián el capítulo II del Libro Tercero, donde se describe un fantástico palacio en cuyo interior brota inagotable un manantial de vino que satisface a las multitudes que se acercan a él. Pero un secreto Gracián vinófilo se nos descubre en la fastuosa descripción de los mati ces cromáticos que va adquiriendo esa milagrosa y cambiante fuente vinífera. De este modo pinta sus colores el autor aragonés: “ya el rojo encendido, combinándose con la sangre, ya dorado, passando plaza de oro potable, ya de color del sol, hijo ardiente de sus rayos, ya de finos granates y aun de preciosos rubís, en fe de su preciosa simpatía”. ¿Podría esta descripción brotar de la pluma de alguien que no fuera un refinado y atento degustador de vinos? No es preciso responder a esta pregunta. Y en la obligada conminación a la templanza que ensarta Gracián a continuación también parecen latir con fuerza las bondades del vino detrás de la lógica proscripción de sus excesos: “Contentábanse los cuerdos con una taza sola para satisfacer a la necesidad, que lo demás dezían ser una gran necedad: con esso refrescaban la sangre, confortaban el coraçón y se alentaban para poder proseguir su camino a las derechas. Pero los más no acababan de consolarse con una sola taza, ni aun con dos, sino que en tropa de brutos se metían muy adentro, no parando hasta encontrar con el mayor estanque y allí se arrojaban de bruzes”.

 

Como puede imaginarse, las innumerables referencias al vino en las obras mayores de la literatura española no paran aquí, pero nosotros sí vamos a hacerlo. Sólo quisiera incluir, para terminar, una moderna celebración al vino que me complace especialmente, de un poeta legítimo y verdadero -conocido, aunque no célebre-, al que traté: César Simón. Hoy abona ya tierra para nuevas viñas. Pero aquí está el mosto –reserva ya- de su primera –y no precoz- cosecha poética ( Pedregal , 1970). Al vino se le puede cantar de muchas maneras; este austero y celebrativo canto -hondo, hispánico y recio- es una de ellas.

 

      AL VINO

Yo no canto esas necias orgías.

La embriaguez es inútil. Sólo canto

tu olor en las bodegas foscas,

en los barriles con la jeta

de caña, en los pellejos ásperos

del tanino. Yo canto tu ruido

por la garganta del sediento

labrador, del segador enjuto,

tras el pan a navaja rebanado,

y el casco de cebolla,

tras la oliva marcida, tras el rancio

abadejo. Oh vino tinto,

uva tintorera, garnacha, morenillo,

oh vino blanco, agrio, cual chasquido,

pedrojiménez, uva de Jaén,

albilla, uva gustosa,

para el pan blanco, para la corteza

y el cantero.

Pero dejemos esto.

 

Canto, entre dientes, el silencio

de tu sabor, que asciende a la mirada

del que escruta el rastrojo, del que espera

las lluvias y calcula el precio

de la arroba, el costal y la barchilla.

Pero dejemos también esto.

Canto

ese dulzor que queda entre los dientes

del hombre ibero, cazador astuto

de pájaros, con liga; de perdices,

con lazo; de raposas,

con cepo; de conejos,

con hurón. Canto tus manchas

sobre el chaleco, sobre la camisa,

el revés de la mano, oh denso

acompañante del gustoso frito,

empapador de cueros y maderas,

evocador de abarcas y de gorras,

de algarrobos, olivos y silencios.

 

 

               Javier García Gibert

(C) 2011 Casa del Rico / Cañada de Albatana / Jumilla / Murcia / España / contacto@casadelrico.com